Desterrados

Ellos pelearon por los Estados Unidos en tiempo de guerra.
Ahora ya no podrán regresar nunca al país.

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Justo antes del atardecer, Carlos Torres se prepara para trabajar en el turno nocturno.

Los recuerdos de su vida pasada cuelgan alrededor de él en su hogar, una caja de concreto en la sección Aquiles Serdán de Reynosa, una de las colonias más pobres en una de las ciudades más peligrosas del continente. Una bandera negra en honor a los prisioneros de guerra y aquellos que han desaparecido en combate cuelga sobre su cama en la recamara abarrotada, fotos amarillentas del fuerte Fort Bragg en Carolina del Norte decoran el vestidor, una chamarra del Ejército descansa en un colgador improvisado.

En estos días, Torres, de 61 años, porta un uniforme muy diferente: Se faja la camisa azul de botones bordada con las palabras “Seguridad” dentro de los inmaculados pantalones de mezclilla negros, se ajusta una gorra negra de béisbol y se asegura que su carné de identidad esté firmemente asegurado. Cada tarde se subea su auto tipo sedán Ford con la suspensión en las últimas, y conduce por las calles llenas de baches de esta ciudad fronteriza, azotada desde hace mediadécada por un ciclo de violencia debido a las luchas entre cárteles de ladroga.

Torres dirige su auto hacia un triste parque industrial a la salida de la ciudad, donde trabajando gana un poco más de ochenta centavos de dólar la hora asegurándose de que los empleados, quienes ganan todavía menos que él manufacturando compresores de aire, no se llenen los bolsillos con las partes.

Hoy, más de 44 años después de que se presentara como voluntario en el Ejército de los Estados Unidos para luchar durante la guerra de Vietnam, Torres está entre los veteranos del ejército estadounidense que han sido deportados a México durante la última década, después de un arresto o de haber cumplido unasentencia en prisión, y de los cuales no se tiene una cifra exacta. En ciudades y pueblos a través de la frontera entre México y Texas, antiguos soldados, pilotos, marinos e infantes de marina, que lucharon en conflictos desde las guerras en el sur de Asia hasta Irak, tratan de ganarse hoy la vida en medio de una tenaz guerra contra las drogas.

Casi todos los veteranos que han sido deportados a México eran residentes legales de losEstados Unidos quienes, por una variedad de razones, no completaron el proceso de naturalización y luego fueron condenados por diferentes crímenes, después de que abandonaron el servicio militar.

Los expertos en migración y los abogados dicen que el número de deportaciones de veteranos ha aumentado en años recientes, conforme más veteranos han sido atrapados en las mismas redes estratégicas que han ocasionado la expulsión de criminales convictos que estaban quedándose en los Estados Unidos sin permiso legal.

En semanas recientes, los legisladores se han unido a los defensores de los inmigrantes para plantear preguntas fundamentales acerca de este tema: ¿los inmigrantes legales que hayan servido honorablemente en el ejército de los Estados Unidos durante la guerra deberían de recibir protección y no ser deportados si cometen una ofensa legal? ¿Debería de permitirse que en algún momento los veteranos que hayan cometido algún crimen no violento, por el cual hayan cumplido su sentencia, puedan regresar?

El mes pasado un grupo de congresistas demócratas presentaron una propuesta de ley que facilitaría a algunos veteranos que pudieran evitar la deportación. Pero esta propuesta, al igual que otros intentos en el Congreso, puede ser víctima de la parálisis política que actualmente sufre el tema de la inmigración. En este ambiente, hasta los grupos defensores como los Veterans of Foreign Wars (veteranos de guerras extranjeras) han expresado poca simpatía por los veteranos inmigrantes que han cometido crímenes.

Independientementede las políticas que los rodean, muchos de los veteranos que han sido deportados dicen que se sienten como extraños en una tierra que abandonaron desde niños.

“Mucha gente me ve raro cuando hablo en Español porque no pronuncio correctamente algunas palabras”, dice Torres. “Se ríen”.

Él abandonó México cuando era un bebé y creció en Texas y California. A los 18 años, ya siendo un residente permanente de los Estados Unidos pero no un ciudadano, se ofreció como voluntario en el ejército cerca del final de la Guerra de Vietnam, y sirvió durante cuatro años, hasta 1976. Aunque él esperaba poder ir al combate, su unidad nunca fue desplegada. Tenía nueve hijos en los Estados Unidos, incluyendo cuatro hijos quienes en conjunto sirvieron durante 11 campañas en Irak y Afganistán.

En 1994, fue enviado a prisión por cargos de posesión de marihuana e intento de distribución, y fue deportado después de cumplir una sentencia de cuatro años en una prisión estatal. Regresó a los Estados Unidos ilegalmente un par deveces, dice él, para poder ver a sus hijos y a su madre enferma, y en el 2010 fue deportado otra vez a México. Ha vivido en Reynosa desde entonces.

Dice que nunca se sentirá como en su hogar.

“Me veo como un estadounidense; me comporto como un estadounidense; me visto como un estadounidense”, dice él. “Soy un estadounidense”.

Andy López, un veterano de la operación Tormenta del Desierto, quien fue deportado hace dos años después de servir una sentencia de cinco años por tráfico de drogas, dijo que su nuevo hogar en Nuevo Progreso, cruzando la frontera en el área de Weslaco, se siente igual de extraño que estar en el extranjero.

“Creo que nunca me acostumbraré a vivir aquí”, dijo él. “No lo haré. No pertenezco aquí”.

Algunos veteranos que han sido deportados dicen que se han convertido en blancos paralos reclutadores de los carteles, quienes se interesan por su entrenamiento militar.

Bibiana Marin, cuyo esposo es un infante de marina deportado en 2008, dijo que los traficantes se le acercaron a la pareja después de haberse establecido en Ciudad Acuña, al otro de lado de la frontera con Del Rio. “Sabían que él estaba en el ejército”, dijo ella. “Nos observaban todo el tiempo, nos amenazaron. Estaba llevando a los niños al colegio todos los días a Del Río y querían que yo transportara drogas”.

Ella dijo que la pareja, temiendo por su vida, regresó a Texas poco después. Su esposo fue acusado de volver a entrar ilegalmente al país y un jurado federal lo declaró culpable en febrero.

“Te preocupas de que si sobresales, te van a investigar y van a ver qué pasa contigo y van a tratar de meterse en tus asuntos”, dijo López. “No molesto a nadie. No salgo a lugares a los que no tengo que ir. Realmente no salgo luego de que oscurece”.

Los veteranos que han sido deportados dicen que están pagando un precio demasiado alto por cometer crímenes no violentos.

“La regué. Eso lo entiendo”, dijo José María Martínez, un veterano de la Guerra de Vietnam que fue arrestado por cargos de tráfico de marihuana en 1997 y después deportado. “Cumplí con mis cinco años (en una prisión federal). Tienes a muchos más ciudadanos estadounidenses que han hecho cosas peores, y ellos siguen ahí. Pero a mí me deportaron. Me están castigando doblemente”.

Los veteranos deportados también pierden acceso al Seguro Social y a los beneficios del Department of Veterans Affairs (departamento de asuntos para veteranos o VA). La Administración del Seguro Social deja de mandarles cheques de beneficios una vez que reciben la notificación de deportación del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), de acuerdo a la agencia. Los veteranos todavía pueden recibir los cheques de pensión y discapacidad de parte del VA, pero pierden el acceso a las clínicas y hospitales (aunque en algunos casos el VA les reembolsa los costos de servicios médicos en el extranjero).

A pesar de las deportaciones, muchos de los veteranos permanecen siendo fuertemente patriotas. Sus cuartos están cubiertos de insignias militares y los viejos uniformes atormentan sus closets en México.

“La parte más difícil es que te digan que ya note quieren, que te digan que no sirves”, dice Torres. “Yo juré lealtad cuando alcé mi mano derecha”.

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Atrapados en una amplia red

Nadie lleva un registro oficial del número de veteranos que han sido deportados, pero un analista legal dice que la práctica se ha acelerado durante la administración del presidente Barack Obama y su actitud agresiva para sacar a los inmigrantesque tengan un antecedente criminal, como parte de una estrategia fallida para lograr un acuerdo de una reforma migratoria integral con el Congreso.

“Esto no se logró, pero de toda maneras aceleraron las deportaciones”, dijo Margaret Stock, una abogada de inmigración considerada como la máxima autoridad en casos deveteranos militares que le hacen frente a la deportación. De acuerdo a documentos internos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE), obtenidos por el periódico USA Today en el 2013, el criterio para las evaluaciones de los agentes ese año consistían en una sola medida: el número de inmigrantes criminales deportados.

“Los agentes andaban examinando a detalle los archivos para que pudieran subir sus estadísticas”, dijo Stock. “No había excepciones para los veteranos militares. Así que esta enorme red atrapó a muchos de ellos también”.

Los funcionarios de ICE dicen que consideraban el estatus de veterano de los inmigrantes cuando decidían si buscaban una deportación. Pero en realidad, los veteranos que fueron encarcelados por lo que la ley migratoria considera como un crimen grave, una categoría de ofensas confusa y a veces contradictoria, le hacen frente a una deportación casi segura, dijo Stock.

Dos leyes de 1996 previenen que los jueces puedan tomar en cuenta el servicio militar de un veterano que ha sido condenado por un crimen grave.

Sin embargo, “en las leyes de inmigración, la definición no tiene sentido: incluye delitos menores y que no sean agravados” dijoStock. “La definición está cambiando constantemente y es increíblemente compleja, y difiere en diferentes partes del país. La vida de estas personas depende de una definición que la mayoría de los abogados no parece entender”.

Aunque la definición incluye crímenes violentos como violación y agresión sexual, también cubre otras ofensas menos serias como perjurio, evasión fiscaly obstrucción de la justicia.

Y los esfuerzos de ICE no se enfocaron únicamente en inmigrantes que estuvieran aquí de forma ilegal; buscaron a todos los que no fueran ciudadanosy que tuvieran un antecedente criminal.

La mayoría de los veteranos deportados eran residentes permanentes legales quienes, por cualquier razón, no habían terminado de completar el proceso de naturalización antes de haber sido arrestados. Algunos veteranos supusieron erróneamente, o los reclutadores les dijeron, que cuando tomaran el juramento militar, estarían recibiendo también el juramento de la ciudadanía. Otros simplemente fallaron en proseguir con el proceso de ciudadanía y nunca creyeron que podrían hacerle frente a una deportación tras un arresto.

En los documentos de separación del servicio militar de Martínez, está marcada la indicación de ciudadano estadounidense. El error administrativo causó confusión por muchos años. “Imagina, aquí estoy yo, un republicano registrado”, dijo Martínez, quien usó el documento para votar en las elecciones durante años antes de que le dijeran durante su tiempo en la prisión que él no era un ciudadano y que le hacía frente a una deportación.

En el 2009, el Departamento de Seguridad Nacional comenzó a llevar acabo naturalizaciones durante el proceso de inducción militar tomando ventaja de una ley de la era de la Primera Guerra Mundial que hacía que cualquier persona sirviendo activamente durante la guerra fuera candidato inmediato a la ciudadanía. Aunque esto ha beneficiado a nuevos reclutas militares más recientemente, no tuvo efecto para aquellos que pelearon durante la Guerra del Golfo Pérsico o durante años anteriores en Irak y Afganistán. “Todos en el Pentágono se habían olvidado” de la ley, dijo Stock.

Irónicamente, el ejército en años recientes ha descubierto que les va mejor con los miembros del ejército que no son ciudadanos que con sus contrapartes que sí lo son. Por mucho, los residentes legales son menos propensos a abandonar el servicio militar durante los primeros meses, y poseen invaluables habilidades en idiomas, de acuerdo a un reporte del 2011 del Centerfor Naval Analyses (centro para análisis naval). “Los servicios militares deberían de desarrollar estrategias para reclutar más personas que no son ciudadanos de manera más efectiva”, recomendó el reporte.

A pesar de que las autoridades militares aprecian altamente el servicio de los miembros que no son ciudadanos, la perspectiva futura es muy negativa en cuanto a que existan leyes que hagan que los veteranos que han cometido un crimen no se enfrenten a una deportación. Una propuesta de ley que les hubiera dado a los jueces de inmigración la oportunidad de considerar el servicio militar de un inmigrante, murió antes de llegar a la etapa de votación en el Congreso en 2013.

Una propuesta de ley para facilitar que los veteranos deportados por haber cometido un crimen menor pudieran regresar a los Estados Unidos, fue archivada en la Cámara de Representantes el mes pasado. El sitio web de la organización sin fines de lucro GovTrack le da 1% de oportunidad de que se apruebe, y las próximas propuestas parecen estar bloqueadas debido a la falta de consenso sobre una reforma migratoria.

Frank de la Cruz, de 46 años, un veterano de la Armada de Estados Unidos que fue dado de baja honorable en 1994, saca el uniforme que utilizó durante su servicio militar y que ha guardado con orgullo en su casa de Ciudad Juárez, en México. De la Cruz se metió en problemas por conducir borracho y fue deportado en 1998.

'Uno pertenece a los Estados Unidos'

Cuando Frank de la Cruz, un veterano que sirvió en la Armada durante la Guerra del Golfo Pérsico, fue deportado a México después de haber sido encarcelado por haber manejado en estado de ebriedad, él no podía acercarse al puente que conecta a Ciudad Juárez con El Paso.

“Sólo estar cerca de la frontera, del puente, me llenaba los ojos de lágrimas”, dice De la Cruz, de 47 años. “Ahora que ya pasó tanto tiempo, ya puedo hablar de ello. Antes, hombre, sentía que tenía esta tristeza y se me llenaban los ojos de lágrimas. Estás ahí con tus amigos en el océano, en un barco, y sientes que perteneces a ese lugar. Que perteneces a los Estados Unidos”.

Ahora él trata de llevar una vida binacional. Sus hijos van a la escuela en El Paso, cruzan el puente en la mañana y en la tarde con su madre, ciudadana de los Estados Unidos. “A mis hijos realmente no les gusta vivir en México, pero no quieren dejar a su papá”, dice él. “Tengo suerte de que mi esposa no me haya dejado”.

Su padre tiene demencia senil y su madre acaba de ser diagnosticada con cáncer, dice él. Ambos viven en El Paso. “No puedo ir a verlos”, dice él. “Eso es lo que más me duele, justo eso”.

De la Cruz tenía seis años cuando sus padres lo trajeron de Ciudad Juárez a El Paso. Después de cuatro años en la Armada pasó otros tres en la Guardia Nacional. A su regreso, obtuvo varios arrestos por manejar borracho, incluyendo una sentencia por delito grave. Como no se había naturalizado, fue deportado por primera vez en 1998. Después de regresar ilegalmente y obtener otro arresto por manejar intoxicado, fue deportado por segunda vez hace cuatro años, de acuerdo a documentos de la corte.

“Cuando llegábamos a un puerto, todo lo que hacíamos cuando nos bajábamos del barco era tomar”, dice él. “Todos en el ejército, su principal fuente de relajamiento es beber. En el futuro espero que en vez de sacarte del país te manden a rehabilitación”.

Eso es justamente lo que Gerardo Armijo está esperando.

Armijo, de41 años, era un artillero durante su segundo despliegue militar en Irak cuando su tanque golpeó un artefacto explosivo improvisado, o IED por su nombre en inglés, cerca de Tikrit. Estaba en un recorrido de rutina revisando unas tuberías de petróleo y cables de transmisión eléctrica cuando el tanque pasó sobre la bomba escondida. “Me pegó fuerte en mis partes sensibles”, dice él. “Yo no sentí nada en el momento de la cintura para abajo”.

Armijo, nacido en México y traído a los Estados Unidos cuando era un niño, se había vuelto a enlistar después del 11 de Septiembre de 2001 y planeaba hacer carrera en el ejército, esperando poder ir la próxima vez a Afganistán. Pero la explosión acabó con eso y dejó el ejército cuando su término concluyó unos meses después. Sus heridas físicas sanaron casi completamente, pero regresó al área del Rio Grande Valley con heridas invisibles. Al igual que muchos otros veteranos que regresan, Armijo comenzó a auto-medicarse con drogas ilegales. Durante los próximos años, lo arrestaron un puñado de veces por poseer marihuana y cocaína. Fue llevado a una corte especial para veteranos en el condado de Hidalgo con el propósito de ayudar a miembros del ejército que han cometido crímenes menores y necesitan servicios de salud mental y ayuda con las adicciones.

Pero mientras las autoridades locales consideraban que la terapia era una mejor respuesta para los crímenes relacionados a las drogas que la cárcel, los oficiales de inmigración federales vieron a Armijo, quien nunca había terminado su proceso de ciudadanía, como un “criminal extranjero”. A solo meses determinar el periodo de prueba requerido antes de ir a la corte de veteranos, fue llamado por ICE, el cual comenzó los procesos de deportación, dice su abogado. Después de varios meses en un centro de detención federal para inmigrantes, fue liberado por su propia cuenta.

Su abogado, Carlos M. García, dijo que estaría mal deportar a Armijo por crímenes relacionados a su estado de salud mental los cuales afectan a miles de veteranos que regresan del servicio. “Los sacrificios que él ha hecho sobrepasan los aspectos negativos de su vida”, dijo García.

El argumento puede haber resonado. La semana pasada, los oficiales de inmigración cerraron los procedimientos de deportación en contra de Armijo, quien ahora está buscando obtener la ciudadanía a través de su madre, una ciudadana americana. Los funcionarios no dieron una razón por la cual hayan cerrado el caso pero pueden volverlo a abrir si Armijo no obtiene la ciudadanía.

De la Cruz sostiene su uniforme de la Armada en su casa de Ciudad Juárez, en México.

'Siempre fiel, hermano'

José María Martínez, de 66 años, se mueve por la avenida principal de Nuevo Progreso como si fuera el alcalde, intercambiando saludos juguetones con los vendedores de la calle, los estilistas y los dueños de los bares. Aunque los negocios del turismo se han acabado en la mayoría de los pueblos en la frontera mexicana debido a la violencia por el narcotráfico, los negocios en Nuevo Progreso están creciendo.

Un número constante de retirados estadounidenses continúa volcándose a través de un puente fronterizo seguro, llenando las farmacias, los consultorios dentales y los bares de paso.

Martínez puede verse como un comerciante típico de Nuevo Progreso, es dueño de una tienda de celulares muy ocupada, pero un vistazo más cercano a su muñeca indica una importante diferencia. Con las palabras “22 todos los días”, conmemora el incremento de los suicidios en los veteranos. Y si uno se fija con más detalle, se puede ver una pequeña insignia de los infantes de marina en su sombrero de vaquero.

“Si estoy caminando en la calle y un infante de marina mira esto, inmediatamente ellos dicen “Semper Fi, brother” dice Martínez, sobre el lema del Cuerpo de Infantes de Marina de los Estados Unidos. La expresión, que viene del latín Semper Fidelis, significa “siempre fiel”. “Cuando veo a alguien con una gorra de veterano de Vietnam, me acerco y pregunto: ¿Con quién estuviste?, si me dicen que con los infantes demarina, entones ahí nos conectamos”.

Después de un despliegue de combate en Vietnam, Martínez, quien nació en Matamoros pero a quien lo llevaron al otro lado de la frontera cuando era un niño pequeño, tuvo varios trabajos, incluyendo uno como montador de soldaduras y administrador de personal, pero eventualmente se vio envuelto en el tráfico de drogas. Él purgó una condena de cinco años en una prisión federal después de que lo detuvieron en un puesto de revisión de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos en Sarita con 270 libras de marihuana en maletas que llevaba en el asiento trasero del auto.

El golpe de adrenalina que sintió fue similar al que experimentó cuando estaba en combate.

“No existe mejor droga, hecha por el hombre o de otra, mejor que la adrenalina”, dice él. “Me di cuenta que llevando cosas por la frontera, transportando ilegalmente, esa era mi droga. Lo puedes sentir en tus huesos, con cada vibración de tu cuerpo. Es inexplicable, mi hermano. Un veterano del combate lo puede entender. Nadie más puede”.

Martínez ha estado en Nuevo Progreso desde el 2002 y se ha adaptado a la vida en México mejor que muchos otros veteranos deportados. Pero sigue amargado por la pérdida de sus beneficios del Seguro Social. “Ese es dinero que yo contribuí”, dice él.

Aún así dice que él sigue siendo patriota y que eso “va a seguir con nosotros hasta el día de nuestra muerte”, dice él. “Nuestro amor por los Estados Unidos es tan profundo que no nos lo pueden quitar. Los Estados Unidos intentan quitarnos todas estas cosas, pero no pueden y nunca podrán”.

Martínez sostiene una foto enmarcada de sí mismo, la cual fue tomada cuando estaba en el campo de entrenamiento del ejército, mientras está enfrente de su tienda de teléfonos celulares en Nuevo Progreso, México.

'Cansado del ajetreo'

CarlosTorres termina su turno de doce horas en la maquiladora y regresa en medio de la oscuridad de la madrugada a la casa que comparte con tres perros, incluyendo a un Chihuahua mal humorado de nombre El Comandante. No fue fácil conseguir el trabajo. Pasó varios meses sin empleo.

“Se siente bien ponerse un uniforme otra vez”, dice él. “Antes, era muy deprimente no trabajar”.

La violencia siempre parecía rondar la periferia de su nueva vida. Antes de comprar su auto, fue asaltado temprano una mañana cuando regresaba a casa en un autobús de la ciudad. Hace dos años, una balacera empezó fuera de la entrada principal de su casa, dejando cuatro muertos a sólo unos pies de su puerta.

Un vecino que trató de abrir un cibercafé perdió todo cuando los extorsionistas del cártel le robaron su inventario porque no pudo pagar el dinero por protección. “El Departamento de Estado tiene comunicados previniendo el viaje de los estadounidenses a México”, dice él. “Sin embargo, ¿están deportando a veteranos militares a México?”.

Su mayor tristeza es no poder visitar a su familia. Tiene varios nietos que nunca ha conocido. “No puedo ni abrazarlos”, dice él. “No puedo ni cargarlos”. A los 61 años, no es el retiro lo que le espera sino años de labor para poder lograr tener un sustento.

La última vez que lo deportaron, el juez le dijo que podría enfrentar hasta 20 años en prisión si cruzaba otra vez ilegalmente.

“Puede que yo me entregue cuando me haya cansado de todo el trajín y las dificultades de acá”, dice él. “Puede que me vaya a una prisión federal en algún lugar, donde pueda tener un trabajo, tres comidas calientes y un catre, y todos los amigos que puedas querer. He estado ahí”.

El reportero de ¡Ahora Sí! Marlon Sorto contribuyó con este reporte.

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